ENCOMIENDAS EN PASTO

Entre los bienes culturales de los corregimientos de Pasto se determina, el patrimonio arquitectónico, histórico y religioso, cuyos centros poblados se destacan por la formación espacial típica española, como es la ubicación de una plaza central con un templo, a cuyo alrededor se ubican las autoridades eclesiásticas, civiles y ahora las policivas.

La valoración de los templos ubicados en los corregimientos hunde sus raíces en las antiguas encomiendas y doctrinas mediante las cuales la corona española, asociada con la Iglesia Católica, organizó la población indígena y el anuncio del evangelio en esta comarca.

Villa Julia en Cujacal

La encomienda fue una institución colonizadora mediante la cual el rey, adueñado de estas tierras y de sus pobladores instauró, en cumplimiento de la Bula Inter caetera de Alejandro VI, el adoctrinamiento de los indios, para lo cual los encomendó por grupos de hasta 400 individuos, a un español, llamado encomendero, el cual debía proteger las tierras, construir casas de piedra o al menos de argamasa para los indios encomendados, velar por la integridad personal y el bien espiritual de los encomendados[1]. La Encomienda fue suprimida de los territorios españoles, mediante Cédula Real del 23 de noviembre de 1718.

La Doctrina por su parte fue una institución de la Iglesia Católica para atender en las Encomiendas el adoctrinamiento de los indios, en muchos casos, descuidado por parte de los encomenderos a quienes correspondía inicialmente tal obligación. Los encomenderos se vieron en la obligación de acudir a sus propias expensas, a los servicios de un sacerdote o religioso, reservándose el derecho de vigilar que el adoctrinamiento realmente se dé entre sus encomendados. Estos sacerdotes y religiosos, del clero secular u de orden religiosa, recibieron el nombre de doctrineros y mantuvieron una gran diferencia en número. El presbítero Mejía y Mejía muestra que en el período comprendido entre 1535 y 1592, llegaron a América 2.682 religiosos y solamente 376 clérigos.

Entre las Órdenes Religiosas que se asentaron en Pasto están los mercedarios establecidos en 1562, los franciscanos en 1563, los dominicos en 1572 y los agustinos en 1585[2].

Templo de Obonuco

“El primer evangelizador de la ciudad de Pasto y, por consiguiente, de todo el territorio que hoy ocupa la Diócesis, fue el bachiller Diego Gómez de Tapia”[3], cura español, quien fue designado por el visitador fray Gaspar de Carvajal, a nombre del obispo Valverde del Cuzco.

Mejía y Mejía[4], enumera las doctrinas y doctrineros presentes en lo que ahora es Nariño a finales del Siglo XVI, entre las cuales se extracta las que tienen que ver con los, ahora, corregimientos de Pasto:

En la provincia de los Pastos

Encargadas a los mercedarios: Puerres, encomienda de Francisco Garcés con 80 indios tributarios; Canchala, encomienda de Juan Rodríguez López con 70 indios tributarios; Tescual, encomienda de Juana de Encinas con 71 indios tributarios; Chapal, encomienda de Leonor de Orense con 60 indios tributarios.

En la provincia de los Quillasingas

Casa de Hacienda en Jongovito

ncargadas al clero diocesano: la encomienda de Pijindino de Baltasar de Urresti con 56 indios tributarios, la de Catambuco de Diaz Sánchez de Narváez con 88 indios tributarios, la de Jamondino de Urbano de Lara con 43 indios tributarios, la de Mocondino, de don Sebastián de Belalcázar con 45 indios tributarios más la estancia del mismo Don Sebastián con 16 indios tributarios, la de Obonuco de don Rodrigo de Jerez con 52 indios tributarios, la de Botana de Francisco Vásquez con 30 indios tributarios .

Encargadas a los franciscanos: la encomienda de Anganoy de Alonso de Osorio con 80 indios tributarios, la de Pandiaco de Gregorio de Obando con 51 indios tributarios, la de Pandiaco del capitán Hernando de Cepeda y Caraveo con 15 indios tributarios.

Encargadas a los mercedarios: Mocondino de indios pastos de Telmo Rosero con 38 indios tributarios.

Mejía y Mejía anota que las doctrinas fueron definitivamente secularizadas, es decir confiadas al clero diocesano, el 1 de febrero de 1793 mediante cédula real, pero persistieron hasta fines del siglo XVIII y en algunas partes hasta mediados del siglo XIX, dando tránsito lento de la doctrina, a la parroquia.

Puerta vetusta y tapia en Gualmatán

Importante es anotar las palabras del presbítero Mejía y Mejía en cuanto hace referencia al celo especial que ponían los doctrineros, apenas instalados en la doctrina, en levantar una iglesia, si eran los primeros en llegar, o en cuidarla, asearla y adornarla si ya existía siguiendo los lineamientos trazados por la segunda constitución del primer concilio de Lima de 1551:

“que los sacerdotes que estuvieren en la doctrina de los naturales en los pueblos de indios (…) den orden y procuren con diligencia (…) se haga una iglesia conforme a la cantidad de gente de él (…) y procurará el tal sacerdote de adornarla de arte que entiendan la dignidad del lugar y para lo que se hace, dándoles a entender que es aquel lugar dedicado para Dios y para el culto y oficios divinos y que en él no se han de hacer otras cosas ilícitas, ni den lugar a ello. Y en los demás pueblos pequeños que no hubiere posibilidad para hacer una iglesia, hagan una casa pequeña, a manera de ermita, para este efecto, donde pongan una altar adornado con una imagen o imágenes, en la mejor forma que pudieren, y donde fuere tan pequeño que para esto no haya posibilidad, a lo menos señalen un lugar decente con una cruz donde les diga la doctrina y platique las cosas de la fe”[5]. Esto último debía hacerse en castellano o en la lengua del Inca.

Es en este contexto y dentro de este conglomerado de doctrinas y templos que sobresalen, según el Arquitecto Jaime Alberto Fonseca González[7], los templos erigidos en la segunda mitad del siglo XIV por franciscanos, dominicos y agustinos y otros templos más recientes, entre los cuales destaca Aranda, Chapal, Jongovito, La Laguna, Pejendino, Juanoy y Puerres, como los principales centros arquitectónicos por sus valor técnico, testimonial y estético dado por la originalidad de las construcciones; varios de ellos fueron construidos en los viejos asentamientos indígenas como templos doctrineros con la consecuente agrupación de población alrededor de ellos, en núcleos de aculturación y evangelización propios de la colonización española en América. “Las iglesias construidas en este siglo (XVI) siguen un modelo semejante: muros en tapia pisada, con portada o portalejo, puerta con arco de medio punto, espadaña, varios contrafuertes, algunas pocas ventanas, arco total, una nave, cubiertas con armaduras de madera de las llamadas par de nudillo y entejadas”[8]

Fonseca, se queja de la negligencia y constante saqueo a que han sido sometidos templos como el de Pandiaco, que sin tener a sus espaldas tanta historia como los anteriormente anotados que han dado y dan testimonio vivo de la vida edificada hoy, tanto en la zona urbana como en la rural, ha tenido una presencia social importante que le otorga valores singulares.

Los templos de Tescual, Aranda, Cujacal, Buesaquillo, Pejendino, San Fernando, La Laguna, Dolores, Mocondino, Jamondino, Catambuco, Anganoy y Chapal, presentan transformaciones puntuales que han alterado la identidad del conjunto y de sus elementos singulares, sin embargo, todavía se está a tiempo para implementar mecanismos que permitan su conservación y desarrollo coherente.

Cultivadores en Gualmatán

Los entornos cercanos de los templos doctrineros en los corregimientos, han sido sometidos a despliegues de indiferencia e ignorancia sobre su valor arquitectónico y turístico; en algunos casos la urbanización de los centros poblados, los rodea de construcciones no armónicas o llena su frente de cableados eléctricos que los contaminan visualmente; en otros casos deben soportar a su entrada parques de recreación que no hacen justicia al valor arquitectónico e histórico que poseen. Los templos se han visto obligados a padecer “ruidos contaminantes” en lugar de silencios armónicos.

Durante el levantamiento del potencial endógeno de los corregimientos, estas intervenciones no adecuadas sobre el entorno inmediato, dificultaron un adecuado disfrute visual, pues se interponían cables, postes y parques infantiles, entre el visitante y el templo.

Es evidente la necesidad que tienen estas expresiones religiosas de resistir a la indiferencia, negligencia y mercantilización, que ponen en peligro la supervivencia de este presente del pasado, con miras a su conservación. Como lo expresa Edgar Morin en Tierra Patria[9], resistir, conservar y revolucionar son vínculos necesarios, hasta ahora impensables, para darle presente al presente y presente al futuro,

Los templos doctrineros, necesitan incluirse en un triple proceso: resistir a los embates de la indiferencia y la negligencia de los mismos campesinos; conservar y salvaguardar la riqueza cultural que portan y que se ve degradada por procesos de uniformidad, desprecio y destrucción, hasta ahora inexorables, nacidos de la ignorancia sobre su valor arquitectónico e histórico, y revolucionar el pensamiento y la conciencia frente a los mismos, tanto de la comunidad campesina, como de los habitantes de la ciudad, que facilite la valoración y preservación del patrimonio arquitectónico mediante una nueva cultura de la contemplación, en el sentido franciscano, expresado magistralmente, como solo el seráfico pudo hacerlo, en la Canción de las creaturas.

“Solo el desarrollo físico de estos pueblos sostenido sobre la base del conocimiento de sus particularidades, respetando cada una de sus características generará conciencia entre lo existente y lo nuevo. Solo desde una arquitectura generada desde y para cada uno de los pueblos, responderá a las necesidades históricas del desarrollo que haya en ellos, manteniendo siempre la necesidad de indagar, estudiar y analizar los componentes morfológicos y tipológicos de cada uno de los tejados urbanos para así proponer arquitecturas y desarrollo físico que no violenten ni desvirtúen el valor que ya poseen”[10].

Algunas casas campesinas, templos doctrineros y capellanías, como fenómenos sociales, manifiestan todavía con claridad el carácter con que fueron concebidos, correspondiendo la forma con la función y mostrando que el repertorio formal, espacial, los materiales y las formas constructivas no han sido alteradas hasta el punto de desvirtuar su significado y su lectura; por el contrario, tienen todavía en sí mismas, significado y enseñanza para los habitantes de hoy.

[1] MEJIA Y MEJIA, Justino C. Presbítero. Geografía pastusa de la fe. SE, Biblioteca Luis Ángel Arango. Bogotá 1961. p.15- 30
[2] MEJIA Y MEJIA. Op. Cit. p. 27
[3] Op. Cit. p. 54
[4] Op. Cit. p. 41 - 50
[5] Mejía y Mejía. Op. Cit. p. 29
[6] ALCALDIA MUNICIPAL DE PASTO. Historia de Pasto. Pasto: Graficolor. 1998. p. 15
[7] FONSECA G. Jaime Alberto. Escenarios de Fe. Peregrinación arquitectónica por el Valle de Atriz. Editorial Universidad de Nariño. Pasto, Colombia. 2006.
[8] BASTIDAS URRESTY, Edgar. Nariño, historia y cultura. Citando a Alberto Corradine. Cartoprint, Bogotá. 1999. p.42
[9] MORIN, Edgar. Tierra Patria. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, Argentina. p. 115 - 130
[10] FONSECA. Op. cit. p. 173- 174

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola amigo Arturo, veo que trajinas por los surcos de una regiòn próspera; que indagas los rostros perdidos de las tierras del Urcunina y Tamasagra. Admiro tu lente fotográfico y esa luz para captar la identidad de un pedazo del Eden perdido.

Que grato es saber que gente como Tu hace ver a través de esas grafías, la tierra hermosa, las suizas latinomaericanas, las granjas verdes eco-organizadas y biosostenibles de las pájinas verdes del Galeras.

Que no se apague ese fervor de una hombre que se colocò el sombrero charro para escribr la memorai de nuestros pequeños pueblos andinos, muchos de ellos curanzo los 100 años de soledad y abandono de los gobiernos locales, que no miran el potencia bioturistico, la memoria pujante de los coreegimientos de Agualongo;de los hombres valerosos que a punta de chicha y danza sanjuanera, derrotaron la espada y la cruz de la independencia maldita

Te animo a seguir colgando la nueva epopeya y labranza mesiánica de estos pueblos y corregimientos del Valle de Atriz. Desde este agujero verde el Putumayo, evoco tus pájinas llenas de muúica pintada de verde, al decir de Aurelio Arturo: "de todos los Colores".

Con afecto
Tu amigo Hèctor Trejo de la Chamorro.

JAIME L. dijo...

Felicidades se nota a leguas que te preocupas por investigar con profundidad,el aspecto històrico y cultural de estos pequeñoslugares dando a conocer la belleza de nuestra tierra.
Att:
http://tapizderetazos.blogspot.com/

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