Los templos doctrineros de Pasto: misteriosos y desconocidos

Templo de Tescual
El valor de los templos ubicados en los corregimientos hunde sus raíces en las antiguas encomiendas y doctrinas mediante las cuales la corona española, asociada con la Iglesia Católica, organizó la población indígena y el anuncio del evangelio en esta comarca.

La encomienda fue una institución colonizadora mediante la cual el rey de España, adueñado de estas tierras y de sus pobladores instauró el adoctrinamiento de los indios, en cumplimiento de la Bula Inter caetera de Alejandro VI (1493), para lo cual los encomendó por grupos de hasta 400 individuos, a un español, llamado encomendero, el cual debía proteger las tierras, construir casas de piedra o al menos de argamasa para los indios encomendados, velar por la integridad personal y el bien espiritual de los encomendados[1]. La Encomienda fue suprimida de los territorios españoles, mediante Cédula Real del 23 de noviembre de 1718.
Templo de Aranda
La Doctrina por su parte fue una institución de la Iglesia Católica para atender en las Encomiendas el adoctrinamiento de los indios, en muchos casos, descuidado por parte de los encomenderos a quienes correspondía inicialmente tal obligación. Los encomenderos se vieron en la obligación de acudir a sus propias expensas, a los servicios de un sacerdote o religioso, reservándose el derecho de vigilar que el adoctrinamiento realmente se dé entre sus encomendados. Estos sacerdotes y religiosos, del clero secular u de orden religiosa, recibieron el nombre de doctrineros y mantuvieron una gran diferencia en número. El presbítero Mejía y Mejía muestra que en el período comprendido entre 1535 y 1592, llegaron a América 2.682 religiosos y solamente 376 clérigos.

Entre las Órdenes Religiosas que se asentaron en Pasto están los mercedarios establecidos en 1562, los franciscanos en 1563, los dominicos en 1572 y los agustinos en 1585[2].

“El primer evangelizador de la ciudad de Pasto y, por consiguiente, de todo el territorio que hoy ocupa la Diócesis, fue el bachiller Diego Gómez de Tapia”[3], cura español, quien fue designado por el visitador fray Gaspar de Carvajal, a nombre del obispo Valverde del Cuzco.

Mejía y Mejía[4], enumera las doctrinas y doctrineros presentes en lo que ahora es Nariño a finales del Siglo XVI, entre las cuales se extracta las que tienen que ver con los, ahora, corregimientos de Pasto:
 Templo del Señor del Amor divino de Puerres
  • En la provincia de los Pastos
Encargadas a los mercedarios: Puerres, encomienda de Francisco Garcés con 80 indios tributarios; Canchala, encomienda de Juan Rodríguez López con 70 indios tributarios; Tescual,  encomienda de Juana de Encinas con 71 indios tributarios; Chapal, encomienda de Leonor de Orense con  60 indios tributarios.

  • En la provincia de los Quillasingas
Encargadas al clero diocesano: la encomienda de Pijindino de Baltasar de Urresti con  56 indios tributarios, la de Catambuco de Diaz Sánchez de Narváez con 88 indios tributarios, la de Jamondino de Urbano de Lara con 43 indios tributarios, la de Mocondino, de don Sebastián de Belalcázar con 45 indios tributarios más la estancia del mismo Don Sebastián con 16 indios tributarios, la de Obonuco de don Rodrigo de Jerez con 52 indios tributarios, la de Botana de Francisco Vásquez con 30 indios tributarios .
 Templo de Anganoy
Encargadas a los franciscanos: la encomienda de Anganoy de Alonso de Osorio con 80 indios tributarios, la de Pandiaco de Gregorio de Obando con 51 indios tributarios, la de Pandiaco del capitán Hernando de Cepeda y Caraveo con 15 indios tributarios.

Encargadas a los mercedarios: Mocondino de indios pastos de Telmo Rosero con 38 indios tributarios.

Mejía y Mejía anota que las doctrinas fueron definitivamente secularizadas, es decir confiadas al clero diocesano, el 1 de febrero de 1793 mediante cédula real, pero persistieron hasta fines del siglo XVIII y en algunas partes hasta  mediados del siglo XIX, dando tránsito lento de la doctrina, a la parroquia.

Importante es anotar las palabras del presbítero Mejía y Mejía en cuanto hace referencia al celo especial que ponían los doctrineros, apenas instalados en la doctrina, en levantar una iglesia, si eran los primeros en llegar, o en cuidarla, asearla y adornarla si ya existía siguiendo los lineamientos trazados por la segunda constitución del primer concilio de Lima de 1551:

“… que los sacerdotes que estuvieren en la doctrina de los naturales en los pueblos de indios (…) den orden y procuren con diligencia (…) se haga una iglesia conforme a la cantidad de gente de él (…) y procurará el tal sacerdote de adornarla de arte que entiendan la dignidad del lugar y para lo que se hace, dándoles a entender que es aquel lugar dedicado para Dios y para el culto y oficios divinos y que en él no se han de hacer otras cosas ilícitas, ni den lugar a ello. Y en los demás pueblos pequeños que no hubiere posibilidad para hacer una iglesia, hagan una casa pequeña, a manera de ermita, para este efecto, donde pongan una altar adornado con una imagen o imágenes, en la mejor forma que pudieren, y donde fuere tan pequeño que para esto no haya posibilidad, a lo menos señalen un lugar decente con una cruz donde les diga la doctrina y platique las cosas de la fe”[5]. Esto último debía hacerse en castellano o en la lengua del Inca.

Es en este contexto y dentro de este conglomerado de doctrinas y construcciones, que hoy sobresalen, según el Arquitecto Jaime Alberto Fonseca González[6], los templos erigidos en la segunda mitad del siglo XIV por franciscanos, dominicos y agustinos y otros templos más recientes, entre los cuales destaca Aranda, Chapal, Jongovito, La Laguna, Pejendino, Juanoy y Puerres, como los principales centros arquitectónicos por sus valor técnico, testimonial y estético dado por la originalidad de las construcciones; varios de ellos fueron construidos en los viejos asentamientos indígenas como templos doctrineros con la consecuente agrupación de población alrededor de ellos, en núcleos de aculturación y evangelización propios de la colonización española en América. “Las iglesias construidas en este siglo (XVI) siguen un modelo semejante: muros en tapia pisada, con portada o portalejo, puerta con arco de medio punto, espadaña, varios contrafuertes, algunas pocas ventanas, arco total, una nave, cubiertas con armaduras de madera de las llamadas par de nudillo y entejadas”[7]
Templo del Señor de la Buena Muerte de Canchala
Fonseca, se queja de la negligencia y constante saqueo a que han sido sometidos templos como el de Pandiaco, que sin tener a sus espaldas tanta historia como los anteriormente anotados, los cuales han dado y dan testimonio vivo de la vida edificada hoy, tanto en la zona urbana como en la rural, ha tenido una presencia social importante que le otorga valores singulares.

Los templos de Tescual, Aranda, Cujacal, Buesaquillo, Pejendino, San Fernando, La Laguna, Dolores, Mocondino, Jamondino, Catambuco, Anganoy y Chapal, presentan transformaciones puntuales que han alterado la identidad del conjunto y de sus elementos singulares, sin embargo, todavía se está a tiempo para implementar mecanismos que permitan su conservación y desarrollo coherente.

Los entornos cercanos de los templos doctrineros en los corregimientos, han sido sometidos a despliegues de indiferencia e ignorancia sobre su valor arquitectónico y turístico; en algunos casos la urbanización de los centros poblados, los rodea de construcciones no armónicas o llena su frente de cableados eléctricos que los contaminan visualmente; en otros casos deben soportar a su entrada parques de recreación que no hacen justicia al valor arquitectónico e histórico que poseen. Los templos se han visto obligados a padecer “ruidos contaminantes” en lugar de silencios armónicos.

Durante el levantamiento del potencial endógeno de los corregimientos, estas intervenciones no adecuadas sobre el entorno inmediato, dificultaron un adecuado disfrute visual, pues se interponían cables, postes y parques infantiles, entre el visitante y el templo.

Es evidente la necesidad que tienen estas expresiones religiosas de resistir a la indiferencia, negligencia y mercantilización, que ponen en peligro la supervivencia de este presente del pasado, con miras a su conservación. Como lo expresa Edgar Morin en Tierra Patria[8], resistir, conservar y revolucionar son vínculos necesarios, hasta ahora impensables, para darle presente al presente y presente al futuro,
 Templo de Cujacal
Los templos doctrineros, necesitan incluirse en ese triple proceso: resistir a los embates de la indiferencia y la negligencia de los mismos campesinos; conservar y salvaguardar la riqueza cultural que portan y que se ve degradada por procesos de uniformidad, desprecio y destrucción, nacidos de la ignorancia sobre su valor arquitectónico e histórico y revolucionar el pensamiento frente a los mismos, tanto de la comunidad campesina, como de los habitantes de la ciudad a tal punto, que facilite la valoración y preservación del patrimonio arquitectónico mediante una nueva cultura de la contemplación, en el sentido franciscano, expresado como solo el seráfico pudo hacerlo, en la Canción de las criaturas puesto que rezar no es otra cosa que mirar alrededor y escuchar.

El respecto Jaime Alberto Fonseca señala que:

“Solo el desarrollo físico de estos pueblos sostenido sobre la base del conocimiento de sus particularidades, respetando cada una de sus características generará conciencia entre lo existente y lo nuevo. Solo desde una arquitectura generada desde y para cada uno de los pueblos, responderá a las necesidades históricas del desarrollo que haya en ellos, manteniendo siempre la necesidad de indagar, estudiar y analizar los componentes morfológicos y tipológicos de cada uno de los tejados urbanos para así proponer arquitecturas y desarrollo físico que no violenten ni desvirtúen el valor que ya poseen”[9].

Algunas casas campesinas, y templos doctrineros, como fenómenos sociales, manifiestan todavía con claridad el carácter con que fueron concebidos, correspondiendo la forma con la función y mostrando que el repertorio formal, espacial, los materiales y las formas constructivas no han sido alteradas hasta el punto de desvirtuar su significado y su lectura; por el contrario, tienen todavía en sí mismas, significado y enseñanza para los habitantes de hoy.
Templo de Pejendino de los Reyes
Fonseca, uno de los autores más recientes sobre el valor arquitectónico de los templos de Valle de Atriz, donde se asienta la ciudad de Pasto y sus 17 corregimientos[10], levantó, clasificó y analizó los templos de los poblados que rodean a Pasto, para mantener frescos y legibles los valores comunitarios que encierran. Llama la atención sobre la necesidad de quitar la amnesia colectiva, fruto de la cotidianidad que hace difusa la lectura del contexto cultural e invita a mirar nuevamente, a re-leer el patrimonio cultural y entender la urgente necesidad de trabajar conjuntamente por su protección.

Este autor da a los templos del sector rural del  Valle de Atriz, distintos niveles de prioridad por grupos de iglesias, teniendo en cuenta para ello la dificultad de valorar rigurosa y sistemáticamente uno por uno, ya que hace falta una documentación más profunda sobre cada uno de ellos en los archivos de la Real Audiencia de Quito donde reposan los documentos originales del Virreinato y además, porque tomados uno por uno, no permiten apreciar en su totalidad los valores de orden social, cultural y testimonial que encierran.

Estos criterios de valoración se tendrán en cuenta para la presentación de este texto, por cuanto provienen de una voz autorizada en el tema y porque la investigación del potencial endógeno, evidenció la ausencia de conocimiento y despreocupación de las comunidades campesinas sobre este importante patrimonio.

Fonseca plantea tres niveles de prioridad:

El nivel uno corresponde al grupo de templos que datan de la colonia ya sea en su construcción o en la presencia de población; entre estos templos cita a Pejendino de los Reyes, Jongovito, La Laguna y Puerres, ubicados en corregimientos y los templos de Aranda, Juanoy y Chapal, ubicados en la zona urbana.

El nivel dos corresponde a templos con ambigüedad con respecto a la originalidad de la construcción, que no permite establecer su presencia antes del siglo XX; entre los templos ubicados en este nivel están los de Anganoy, Cabrera, Cujacal, Buesaquillo, Gualmatán y Obonuco ubicados en los corregimientos y el de Tescual, absorbido por la ciudad.

El nivel tres se refiere a construcciones con menos de 70 años de antigüedad, pero con antigua presencia de población, que les otorga valores singulares, entre estos están los templos de Jamondino, Mocondino, Canchala  y San Fernando ubicados en los corregimientos.


[1] MEJIA Y MEJIA, Justino C. Presbítero. Geografía pastusa de la fe. SE, Biblioteca Luis Ángel Arango. Bogotá 1961. p.15- 30
[2] MEJIA Y MEJIA. Op. Cit. p. 27
[3] Op. Cit. p. 54
[4] Op. Cit. p. 41 - 50
[5] Mejía y Mejía. Op. Cit. p. 29
[6] FONSECA G. Jaime Alberto. Escenarios de Fe. Peregrinación arquitectónica por el Valle de Atriz. Editorial Universidad de Nariño. Pasto, Colombia. 2006.
[7] BASTIDAS URRESTY, Edgar. Nariño, historia y cultura.  Citando a Alberto Corradine. Cartoprint, Bogotá. 1999. p.42
[8] MORIN, Edgar. Tierra Patria. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, Argentina. p. 115 - 130
[9] FONSECA. Óp. cit. p. 173- 174
[10] El Socorro, Jamondino, Morasurco, Buesaquillo, San Fernando, Cabrera, La laguna, Mocondino, El Encano, Santa Bárbara, Catambuco, Jongovito, Gualmatán, Obonuco, Mapachico, La Caldera y Genoy.

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