Cartagena de Indias


 A Cartagena
 Cartagena de Indias, es como una mujer grácil, morena, misteriosa, exuberante, fantástica, atractiva, encantadora, hermosa e inolvidable. Y como a una mujer se la trata: con tacto y sin afán en un tiempo sin fin.

El calor llega a un punto de pasión y obliga a visitar cada sitio con calma, viviendo cada momento, leyendo la historia colonial ofrecida como texto a ser descifrado en cada balcón, casa o casona, parque, cañón, estatua, iglesia y en un sinfín de atractivos de la ciudad amurallada. Cada esquina tiene algo que decir, cada pared una historia que contar, cada puerta un secreto que guardar.

En las casonas cuya entrada se hacen a través de inmensas puertas recubiertas de grandes taches, símbolo de la riqueza de sus coloniales habitantes, se siente todavía el sonar de los grilletes de los oprimidos por el coloniaje español. Las murallas, el castillo y las fortalezas construidos para defender la ciudad del acoso de los piratas y que uno recorre con regocijo, guardan en cada piedra la vida de millares de negros esclavos sin derechos, obligados a entregar su vida para lograr esas portentosas obras.

Cartagena guarda para la memoria larga, la ignominia a que fue sometida la población negra e india acusada de lo que sea. Impresiona, la visita al Palacio de la Inquisición, lugar donde se ha recreado varios instrumentos de tortura y muerte lenta diseñados por no sé quiénes, innovadores y creativos en el arte de producir el máximo sufrimiento al ser humano con el fin de que confiese algo que le interesa oír al opresor o simplemente producir muerte lenta y dolorosa. Estos instrumentos del inframundo, se mezclan con cruces, cañones e imágenes de santos en unos pequeños salones de paredes blancas y pisos brillantes en madera, como corresponde a un buen museo

Es interesante e hilarante leer en los afiches de la Cámara de tormentos, las creencias de los tiempos coloniales sobre brujas y los métodos para determinar ese estado en una persona: “dentro de la serie de procedimientos que los inquisidores disponían para detectar en un acusado de brujería su nivel de relación con esta práctica estaba la llamada prueba del peso, que consistía en subirlo a una balanza para verificar las proporciones naturales de su cuerpo, especialmente el peso con respecto con su estatura una relación establecida desde la más remota antigüedad (…). Si el resultado era inferior a dicha relación esta prueba se convertía en un indicio muy importante del proceso... Las brujas debían ser livianas de peso, – delgadas o popularmente flacas - para poder volar”. También se hundía al acusado en agua y si flotaba antes de cierto tiempo era considerado como un indicio porque era liviano. También le echaban un líquido irritante en los ojos y si no brotaba lágrima era un indicio muy importante por cuanto se consideraba que al entregarse al diablo compartían esa facultad del patas de no llorar.

Y al lado, algunas recetas brujas como esta para sacar las malas influencias de la casa: “Se coge cierta cantidad de sal y se echa sobre un plato blanco. Se sale a la calle y se dice te conjuro en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Eregot gomet, un guersdasat, seserat, deliberat amei y se bota la sal en forma de cruz sobre la puerta principal de la casa”. O esta receta para curar la locura: “se recomienda comprar hígado de vaca o de pollo fresco, se echa vinagre y se hace secar. Luego se da de comer al loco quien se cura al poco tiempo”.

También se puede leer oraciones de brujería:

“Francisco con dos te veo
Francisco con dos te veo
Con cinco te ato
La sangre te bebo
El corazón te parto
Que me quieras
Que me ames
Que por mi te mueras
Que cuantas mujeres vieres
Te parezcan feas y viejas”

“Virgen y madre de Dios de Antelleta
Con tu voluntad secreta
Todos los cielos se movieron
Por tu limpia concepción:
Mueve el corazón de mi marido
(NN)
A que no me haga mal”

“Señor de la calle, Señor de la calle
Señor compadre, señor Cojuelo
Que hagáis a (NN)
Que se abrace solamente a mí
Y que me quiera y que me ame
Y que si es verdad que me ha de querer
Que ladre como perro, que rebuzne como asno
Y que cante como gallo”

“A volar, a volar me salgo
Carlos Julio
Lejos de mi casa estás
Criados tienes y no me los envías
Yo los tengo y te los quiero enviar
Tres perros corredores
Tres liebres prudentes
Tres diablos potentes
Todos vasallos, todos vasallos
A volar, a volar, a volar se dijo
Y te han de amansar
Ya lo verás”

“Conjúrate con el di y con el de y con Isaac y María Magdalena y con el jueves de la cena, y con el río Jordán, y con las palabras que mi señor Jesucristo dijo a San Juan ¿Quién está más bautizado, yo o vos? Y dijiste yo Señor porque me bautizaste vos, así como esto es verdad, me juráis otorgar esto que te pido que hagas que Carlos Julio me quiera y te vuelvo a conjurar con el cielo y las estrellas con la mar, y con doce iglesias catedrales y doce libros misales con las tablas de Moisés con doce manantiales…”

Los instrumentos de tortura de quienes se consideraban herejes, blasfemos, brujas, adúlteros o actores de actos libidinosos, varios de los cuales no se utilizaron en Cartagena, son: el garrote, la garrucha, el aplasta pulgares, la sierra, las uñas de gato, el desgarrador de senos, el aplasta cabezas, el potro, el cepo, la guillotina, la horca, la horquilla del hereje, el collar de púas punitivo, en fin, tantos instrumentos creados por el ingenio del mal dejan al visitante realmente impresionado. La persona sometida a estos instrumentos quedaba lisiado de por vida o simplemente moría por la acción directa o por la gangrena progresiva.

Independientemente de este sitio lleno de amargura, pero digno de visitarse, Cartagena tiene mucho para sorprenderse.

¿Y qué decir de Barú? ¡Qué playa hermosa!

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