Entre la tiza y el cielo. Un dejo de Rayuela

Hoy me levanté temprano para ir la la biblioteca de la Universidad, con afán, por mi Bombón, por  mi Semana, por mi Avión, por mi Rayuela, mi tiza y mi cielo, único ejemplar disponible. Tuve que desprenderme de ella porque ya la había tenido conmigo por dos semanas, máximo plazo del préstamo de libros; después de cumplido, fue menester dejarla en reposo durante inquietantes veinticuatro horas, como se deja a alguien entrañable y no hay otra manera sino esperar para tenerla de vuelta.
Salita de la Biblioteca. Rayuela en primer plano.
Había llegado, sin afán, a las tres estrellitas que indican el final del capítulo 56, el final de la lectura "corriente" una de las posibles lecturas. Me demoré dos semanas, leyendo suavemente un par de horas por día, entendiendo, tomando nota escrita de frases particularmente hermosas o sabias o importantes o sorprendentes o inmejorables o, o.

En este lapso de tiempo entendí además que el lunfardo se conoce como el idioma de los argentinos, y, el glíglico, invento de Cortázar, como el de los amantes. También me dejé invitar a escuchar Jazz y Blues. Fue así como conocí y reconocí también a los grandes del siglo pasado: Bix Beiderbecke, Stan Getz, Earl Hines, Frank Trumbauer, Lester Young, Kansas City Six, Lionel Hampton (de extraordinaria sonrisa), Coleman Hawkins, Bessie Smith, Louis Amnstrong (Satchmo), John Coltrane, Benny Carter, Jack Dupré, Big Bill Broonzy, Duke Ellington, Earl Hines, Jelly Roll Morton, Sony Rollins, Sydney Bechet... Y la lista sigue, señalando acompasadamente que "que un hombre es siempre más que un hombre y siempre menos que un hombre, más que un hombre porque encierra eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y donde jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues... (Rayuela, en la 101 y 102). Un periodista decía alguna vez que el Jazz lo reconcilia a uno consigo mismo. Rayuela, el Bombón, lo reconcilia a uno con sus propios sueños.

Rayuela, es una novela para escucharse (tamién a uno mismo) ¡Cómo no demorarme quince días en cuatrocientas cincuenta y una páginas! Ahora que lo pienso y lo calculo, he leído 15 páginas por hora, 30 por día. Siento que debo volver a leerlas, a repasarlas una a una, como costillitas de cuy asado: lo mejor de comer cuy, decía mi abuelo Rómulo en Funes, es repasar los huesos. Ya pedí a mi hermosa hija mayor que me consienta en navidad con el libro que un día tuve en mis manos en una librería de Bogotá y, no se por que razón, lo dejé antes de pagarlo. Entonces volveré a leer y releer cada uno de sus renglones, especialmente los del capítulo treinta y cuatro, y volveré a hacerlo escuchando su música.

Mi afán correspondía al miedo de que alguien se hubiera antojado de leer la novela y ya no estuviera disponible. Ayer fui a rodearla, a tocarla y a dejarla, no en su sitio correspondiente al código A863- C827r, sino alejada, con la esperanza de que si alguien la quisiera no pudiera encontrarla con facilidad. A estas alturas ya estaba marcado por el Bombón. Estaba, parafraseando al mismísimo Cortazar en la 462, desconcertado con este archivo de datos y recuerdos ofrecido, con estas pasiones despertadas donde he ido dejando pedazos de tiempo y de piel, con estos asomos tan por debajo y lejos de ese otro asomo ahí al lado, pegado a mi cara, con la denuncia de esa libertad fingida en que me muevo por las calle y los años de Pasto.

Entré, y fui directo a la estantería, al sitio donde deje escondida la novela y que guardaba como un dato importante en mi cerebro, para encontrarla con facilidad. Y ¡oh, sorpresa!: ahí estaba. La tome en mis manos, y como quien lleva un tesoro, alegremente me dirigí a renovar el préstamo de mi tiza y cielo por otros ocho días.

Entonces me entraron las ganas de escribir. Es que "Hace rato que no me acuesto con las palabras. Las sigo usando como vos y como todos, pero las cepillo muchísimo antes de ponérmelas". (Rayuela,132)

1 comentario:

Felipe Andrés Criollo Cordoba dijo...

Genial, Arturo, gracias por compartir tus experiencias y textos, y como dice Samuel Jhonson “El lenguaje es el vestido de los pensamientos”. Un abrazo.

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